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Cada día las cosas se meritan
sin nada importar.
El consagrado cáliz
o la flor de la angustia, o el lodazal
embarrando las huellas, los pasos y caminos.
Los cantos planos del río, las piedras,
el claro manantial, el golfo sucio sin peces
con la ola despojándose del plástico,
medusas y alga en almagre arenal,
nada importan.
Ahora se discute de todo, de Dios,
de la hebra de azafrán,
del arroz verderón de Vietnam,
de la sal del Himalaya,
hasta de la espina del rosal,
de los aguijones de la palera,
del molusco envasado al vacío,
del troceado calamar
y penas que horadaron la montaña.
Opinar es un delirio,
una flor tan ajada.
Los profetas del presente hablan
de basura que hiede
la humanidad.
El sudor es prohibitivo,
la carga del alijo
es olvidada portada,
la muerte un pecado,
la vejez un criminal.
Nada vale nada
o mucho es valorizada.
Nadar contracorriente,
nadar y la ropa guardar,
nadar
entre tiburones
es motivo de prestigio.
Allanar la morada
da celebridad.
La falta de moral es liberalidad,
la ética devino
en egolatría; la norma, en un haz.
La democracia
es una divinidad, una excusa para medrar,
un insulto a la verdad.