Nunca la mar engaña al marinero.
Calma o brava, es sincera.
La ola no miente:
cuando envuelve con su húmedo abrazo
es persistente.
El remolino
arrastra al frenesí,
al incierto azar.
Solo los osados
saben tergiversar las palabras,
omitir el detalle
y enterrar la verdad ajena.
El cobarde no escucha:
es Narciso.
Desde la cúspide, desde la nube,
no brilla la generosidad.
Los sentimientos
se imponen a la dura realidad,
vasta, de acero,
que nos alza del suelo
y confunde lealtad con lo eterno.
La mentira vence a Dios
e impone el infierno:
ese destierro que cancela.
La verdad no es absoluta,
solo Dios lo es.
Los narcisos son niños grandes,
cronistas miopes,
empeñados en esparcir la deyección
y comulgar con ruedas de molino.
Mi verdad es la verdad.
La tuya, guárdatela.