Ella debiera leer a Leibniz
abriendo las ventanas de sus mónadas
al amor que es un dios aniquilado.
En cada trasquilón
de su corto hemisferio
hay un yogui famélico levitando
en el lóbrego tinte de la noche.
Ella arranca mechón tan disconforme,
espera averiar ese vínculo estéril
haciendo composible lo humano y lo divino.
Atajó con siniestra mano
de su lacio cabello pelluzgones;
cicatriza en amoniaco los aromas.
Su mejor de los mundos es gustar
con el disgusto del desprecio
engatusada en agrio vilipendio
(creó su dios un soplo de marido beodo).
Su mundo mira su rostro
que se refleja en un vitral,
escribiendo torcido el destino de su hija
dispersa en polvo de estrellas.
Universo insensato perfumado
con humo de incienso.
Hay charlatanes
vendiendo loción posafeitado
al rasurado desamor.

