Acabamos cavando nuestras zanjas,
la trincheras se mueven en el barro
(cenagal de brevísimos amantes).
Nuestra máscara su hambre disimula
de aquellos que exhalaron ya sus días.
Nuestros cuerpos valientes arrastramos
y con duros mendrugos la dulzura.
Agriamente los secos labios lamben,
encogidos en lodo, rodeados de intrépidos
inertes sacrificios ungidos en memoria.
En nuestro Partenón las pieles no se rozan;
la aguerrida Atenea ajó el anhelo
en alambre de espino en cada herida,
en abierta batalla tan dispar.
Montículos de légamo sube el centinela
y muere, en fango, con su rota ropa
por fiero tajo de cable. Vencido.
Frente a frente, cuerpo a cuerpo,
cargué bayonetas de ósculos
en sucio cieno embarrado
en cada adiós más profundo.
Con el limo en mis ojos soterré
en un ocre sepulcro a los audaces.