Fotografía: https://farm4.staticflickr.com/3703/9988549573_cff6284328_z.jpg
Albergado en el aprisco, con ayuno tan forzado
en mis cóncavos sentidos, la mirada vislumbraba
que los hilos del alma se cosían al cielo.
El olor en mi niñez de la botica,
el trasiego por las calles de las gentes
que iban y venían.
Yo miraba como mira un niño.
Pensaba, divagaba, colores que pintaba.
Con mi mente soñaba los colores del alma.
Me horadaban los perfumes del rocío
y sus fríos argentinos la alborada.
El crepúsculo llegó,
se abatieron las ventanas y me vi en la oscuridad.
¿Quién cerró cancelas? ¿Quién quitó el vigor?
Se entecharon de hormigas mis caricias y abrazos.
Se marcharon mis recuerdos y menciones,
con abúlica afonía me abanico.
En mi pecho mis afectos atempero.
Mis pecados y mis fugas, en el suelo,
a mis miedos absorbían con el viento
y resuello de los ángeles caídos.
El destino en el estéril arenal
me llevaba a los infiernos por sus dunas.
Suspiraba en las tinieblas mi universo
los aromas, de los pétalos del Cielo,
oliscar con el anciano moribundo.
Pude yo volar y ser alígera ave,
yo surcaba nubes altas, desde el cielo, vi la tierra y mar.
Observé que de la altura caería,
que tilinte acabaría en los infiernos,
en un Tártaro de nubes engañosas.
En ansiado venero bebían mis labios un tósigo.