Guardo en el tarro de las esencias
el dibujo de tus dedos abriendo el aire,
de cada paso en la noche con el candil
de la mañana que apoyaba la mano
de tu fe en mi hombro,
de tu credo, de tu lealtad.
¿Te sorprende ser la rosa y la amapola?
¿Te confunde ser la víspera y el alba?
Sopla tu boca brisa en abierto oleaje,
rozan las arenas de tus pies
mis pensamientos que se estiran
y se eclipsan con el iris de tus lunas.
Saltan en mi orilla los luceros
que abanican tus pestañas,
y se agita la pleamar
que inunda mi infausto médano.
Guardas, empero, en el frasco frágil
la absurda miel que sala el gusto,
circundando el verbo en ponzoña,
con el alón abatido del ángel caído.
No me extraña.
Borraste donde te escondes
la rúbrica del perdón
negando, así, el don amable
que me ponga salvo
y sano de este insano exilio.