Recientemente
los selfies han vuelto a estar de actualidad. Un tribunal ha
sentenciado que un mono que se hizo un autorretrato no tiene el
copyright de ese autobombo que se prodiga a diestro y siniestro.
Incluso el diario El País publicó hace unos días un artículo
sobre la extensa tipologia de selfies :(http://elpais.com/elpais/2014/08/14/icon/1408006998_560104.html).
El
ser humano siempre ha sentido una cierta necesidad por retratar la
realidad, incluso lo onírico. El retrato de otros es una constante
en la historia y el autorretrato ha proliferado de manera prolija
gracias a las nuevas tecnologías incorporadas en los teléfonos
móviles. ¿Quién no ha sucumbido al autobombo de verse perpetuado
con una foto? ¿Quién no ha sentido ese efímero placer onanista de
gustarse - y gustar - con un clic?
La
autofoto es una constante de autoafirmación y una carta de
presentación en ese mundo virtual de las redes sociales. El selfie
en si mismo hace de escaparate de aquello de nosotros que, en nuestras entendederas, merece ser resaltado. Así hay quien se retrata el careto para
mostrarse al mundo, hay quien se retrata los glúteos para compartir
los dones que la naturaleza le ha concedido, hay quien se retrata en
compañía y los hay que desean inmortalizar un momento único e
irrepetible.
Ya
en su día arremetí contra esa compulsión por enseñar la jeta en
una instantánea, incluso expresé que detrás de esta imperiosa
necesidad del autobombo hay carne de cañón de consulta
psiquiátrica, (véase
http://joanfran391.blogspot.com/2014/05/selfie-mas-que-un-autoelogio-en-forma.html).
La
obscenidad y el mal gusto resaltan en los selfies, valga a modo de
ejemplo, aquel que encabezaba la entrada que escribí hace meses
donde un tipo se retrató junto al cadáver de cuerpo presente de la
que bien podría ser su abuela. O si alguien gusta puede ver por
Internet la proliferación de fotos de adolescentes semidesnudos cuando no en situaciones donde lo íntimo deja de serlo.
Una
tal Rebeca Brown de 21 años se ha autorretratado durante seis años
para mostrarle al mundo los efectos de su enfermedad. Cito
textualmente: Brown
padece tricotilomanía
(TTM),
un trastorno del control de los impulsos que lleva a quienes lo
sufren a arrancarse
el pelo de forma compulsiva (el
nuevo Manual diagnóstico y estadístico de los trastornos mentales
-DSM V- lo incluye dentro de los desórdenes relacionados con el
Trastorno Obsesivo Compulsivo -TOC-).
(El País,
http://smoda.elpais.com/articulos/tricotilomania-seis-anos-de-selfies-arrancandose-el-pelo/5201)
Sigo
pensando que detrás del selfie hay amplio espectro que va desde lo
ególatra, pasando por lo narcisista y acabando en un verdadero
trastorno de la personalidad. Y esto último no lo digo solo yo, la
Asociación Americana de Psiquiatría considera que la adicción al
selfie es un trastorno mental. (http://segurosmexico.mx/2014/04/04/asociacion-americana-de-psiquiatria-lo-hace-oficial-selfie-un-trastorno-mental/)
Pero
claro, siempre hay quien gusta regodearse en su locura creyendo que
es un morador del Olimpo. Así les vaya.