09 julio 2010

D.E.P. DON JOSÉ


Cuando nos enfrentamos a escribir negro sobre blanco cualquier cosa, siempre tenemos esa sensación de saber expresar lo que con ilusión sale de nosotros. Pocos han tenido en vida el honor de saberse leídos, admirados por su obra y reconocidos mientras moraban entre nosotros. Uno de esos privilegiados que escribía historias que gustaban, sacudía las conciencias y, además, tenía la admiración de muchos se fue de entre nosotros hace ya varias semanas. Era un portugués afincado en España en la parte más lejana de nuestras fronteras, en las afortunadas Islas Canarias.

El Sr. Saramago tenía el buen gusto de la discreción , de quien nacido pobre conquistó un Premio Nobel de Literatura y que, además, nunca negó un buen gesto a sus lectores. Y el mayor regalo para nosotros eran sus libros, sus artículos, sus palabras sabias, su compromiso con los más débiles, su honestidad y su bondad. Situándose por encima del bien y del mal ni siquiera juzgó a sus personajes, tuvo la gallardía y el coraje de enfrentarnos a nuestros miedos, anhelos, debilidades y grandezas con suma sencillez. No más de cinco años hace que conocí a don Jose por medio de sus libros hasta el punto de hacerme con toda su grafía hasta entonces conocida. Devoraba sus libros, y aunque no llegué a leerlos todos, siempre me fascinaba la sencillez con la que contaba historias. Más aún me atrajo que declarándose ateo y comunista era antes una persona bondadosa, pero firme en sus convicciones. En sus artículos de prensa, notas, comentarios, prólogos, etcétera, dejaba constancia de una fina inteligencia con la que lograba sintetizar lo que otros tardan meses en elaborar. Aún a riesgo de ser consciente que su pensamiento, sus no-creencias y su incorrección política estaba siempre en sintonia con la minoría no dejaba de regalar su grandeza en defensa de los Derechos Humanos, de la libertad, la paz, la cultura y la esperanza nada optimista en el ser humano.

Así y todo, por contra, los valedores de la verdad y de la moral, en lugar de ejercer la más mínima elegancia y caridad ante la noticia de su muerte, no dejaron la oportunidad de mostrarse tal quienes son, unos lobos vestidos de corderos. Hay que ser grande para que después de muerto aún siga escociendo la llaga de la mala conciencia de unos iluminados que gustan pasearse bajo palio.

Desde aquí mi saludo a la memoria de un grande que nos dejó lo mejor de su talento y de su honradez.