Oigo a lo lejos
un sonido que quiebra este silencio,
un rugido que persiste
y que se apaga con el tiempo.
Escucho a los mirlos
como en tantas madrugadas
donde la distancia se acorta
como dos puntos que se juntan.
Vuelve el ruido penetrante
envuelto en el canto de las aves
y comprendo que hay un mundo
detrás de la ventana.
Duermen,
ajenos a todo lo que escucho.