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La madrugada estaba fría
en cerrados portales,
amantado en la bruna noche
de púrpura sangraban mis costales.
Con la luna en creciente,
con brillantes vestales,
embebía la luz de la tiniebla
de sus negros retales
purgando sinsabores.
Con esos labios inmortales
era fácil caer en la apatía,
regalándome tantos males
la efigie dura como el mármol
con compactos cristales.
Me regalaba el vasto cielo
las tristes y negras postales.
Una lluvia de estrellas
me enseñó los portales
del divino palacio
con tan bellos umbrales.
Me dormí sosegado,
me cubrían las sábanas de fragantes rosales.
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