¿Qué harías mi Dios de mi,
pobre mortal indefenso,
que todo lo que yo pienso
sé que me aleja de ti?
Que si bien nunca sentí
yo tener tu puerta abierta,
tu invitación es tan cierta
que convengo, mi Señor,
que me quitas el dolor
con amor que me reinserta.
¿Qué puedo de más decir
que tú no hayas hecho ya?
Tú eres el que más me da,
nada te puedo pedir.
El morirse sin vivir
es salirse del camino,
sin yo tener un destino
que me dirija al final,
desechando lo banal,
arropado en lo divino.
¿Qué más hay después del día
sino la noche sin luna
y sin estrella ninguna
que baile tu melodía,
señalándome la vía
que me enseñe tu morada,
estancia tan deseada
dónde acabar yo mis días,
dónde tener alegrías,
en esa santa posada?