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Llueve
de manera cadenciosa,
con un breve tintineo
que reitera su timbre trepidante
y se expande en un eco que se corta.
Llueve. El pájaro no canta
y la nube, estática,
regala la lágrima que se resbala.
Llueve, acabándose el otoño
como un bautismo de pólvora y de sangre.
Llueve y deja de llover.
La Virgen de la Cueva,
icono encerrado en el granito,
se deshace con esta lluvia fría y terca.
Llueve, y en mi recuerdo
habita un ángel que lloraba
a las puertas del invierno.
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