Esos zapatos rojos
son demasiado femeninos;
debe tu dureza de mujer descartarlos:
esa fuerza de paritorio,
de meses incubando la vida,
de púrpura, de espinas,
de viento huracanado.
Debes, mujer, esos zapatos excluirlos:
por blandos, por bellos,
por insinuar un camino
que nunca lo has andado.
No los compres, mujer,
que alguien mirará
las uñas de tus pies
a juego con el vestido,
con esos volantes
que rozan tus rodillas
y exponen al mundo el desabrigo.
Esos zapatos rojos
no van contigo;
pero arden,
y saben dónde ir.
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