Te adornas con frío mármol,
hielo blanco en la mirada,
contagias el invierno
con cada palabra dada.
Como estatua caminas
sobre el aire de la casa,
y el techo inclina su sombra
si tu voz se adelgaza.
Mantienes firme la pose
mientras marcas la jornada,
repartiendo los horarios;
dictas sentencia callada.
Observo desde la grieta
del silencio que nos ata;
sé del fuego que no dices,
del temblor que no se trata.
Solo poco sonríes
—y se vuelve bocanada—
de un calor que no confiesas
al quebrarse la jornada.
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