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Don eres, gentil primavera, regalo del Cielo,
lo más bonito tú del universo.
Te lo digo sincero sin más y sin menos.
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Don eres, gentil primavera, regalo del Cielo,
lo más bonito tú del universo.
Te lo digo sincero sin más y sin menos.
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Es de justicia dar merecimiento
a la amiga o encontrada soledad.
El no encajar es siempre un privilegio;
Alejandra lo supo y rubricó.
La soledad allana los caminos,
nunca transitará ella con los otros
—los que se gustan siempre en lo gregario,
los que siempre buscaron compañía
y nunca valoraron el poder
del ser humano, sólo y desarmado,
ante el ejército que los ombligos
mira de los demás, en compañía;
ese juego banal y tan hipócrita—.
Que sólo siempre más valió que mal acompañado.
Quien con alguien está arderá,
en soledad, en una pira
y una autopsia le harán. Así será
el morador perpetuo de la tumba,
del nicho, acompañándose a si mismo.
La muerte da la gloria y el olvido.
Pequena-rosa-rojaImagen de jeswin en Freepik
Una pena dentro mora
que envenena a quien la lleva,
la condena de la noche
sin luna llena ni estrellas.
Ilusión de un espejismo
sin opción a la indulgencia,
ni la acción que desagravie
al corazón afligido.
Estaciones se relevan
con sus dones diferentes,
con razones y motivos,
con porciones de esperanza.
Es la flor en primavera
el humor de la alegría.
El olor del rosedal
con su rigor me complace.
Imagen de SANTOS F HERNANDEZ Pixabay
Nunca en las bardas de sus soles sale el Sol
cuando a ella su mirada se encamina.
Una luz, sin embargo, sí conduce
a la rosa de Don Juan que despierta su sonrisa.
La mirada impetuosa de la párvula flor
con el vivo sonriso que hipnotiza,
con robusta escalera, con su olor perspicaz
e ingenio burlador sonroja sus mejillas.
Del carmesí al violeta, con el roso
es pasión que se enreda, que se abraza,
que se alza
hacia el Sol que tan alto brilla silencioso,
Sol que da su indulgencia
al seductor que trepa cortejando
con los pétalos de sus risas,
con olor que cautiva, como aroma
del pan que, recién hecho, es sacado del horno.
El sol no brilla para aquel que sus versos sinceros
le glosaba arrojándolos al cubo del olvido
y encierra en un infierno. Le borra de un plumazo
perpetuamente condenado en ese averno.
La espina que soporta de la rosa
de Don Juan que le insiste persistente
cada día su aroma en si florece.
Es brinzal apartado y seco el otro
despreciado en condena de silencio.
Le conmueve, le agita su recuerdo,
¿sonreía, le engaña la memoria,
cuándo sus versos él le regalaba?
Decid si su alma está tan desquiciada,
decidle la verdad, decidle la verdad,
decidle qué es lo que ella calla y otorga.
Decidle si es la sombra posada en los caminos
regalada por olmos a la orilla del río,
si es el agua que corre y busca el mar
donde lleva su limo
o si es el cruel designio del destino.
La rosa de Don Juan se abrió en colores
aromando el ocaso, desemboca en la noche
perfumada en el negro pergamino,
negro como las luces de las bardas
rememorando en su sombrío
la sonrisa que niega
ella a quien sincero la quiso.
La quiso y siempre querrá en jardín tan baldío,
con las bardas, con sombras,
viendo trepar el rosal contento y florido
el umbrío bardal.
Bardas sin sol, las bardas sin destino.
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Yo tengo la marca
(enseña la tuya),
marca del misterio
de luz de la luna.
Sin nada pedirte,
sin nada que espere
de ti, solo dilo
y no te lo quedes.
Yo tuve un misterio,
enséñame el tuyo,
no dejes en nada
lo que no te oculto.
Si el aire acaricia
al árbol y la hoja
sin nada pedir,
el luego es ahora.
Cielo raso, azul.
¿La nube? Depende.
La lluvia sí es agua,
el agua sí es nieve.
El sol es brillante
libre de la nube,
se pone al ocaso,
la noche nos cubre.
El día despierta,
el pájaro trina;
qué bello se escucha
su canto a la vida.
Solamente digo
ebrio de silencio:
sé la brisa, sé
poético céfiro.
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¡Ay, con hermosa hurí soñé soñando
entre sus brazos sempiterno canto
sonoro y persistente como un colibrí!
Soñé que en el Parnaso me perdí.
En el Oráculo de Delfos
buscaba poesía con náyades y musas,
buscaba aprender de las Pitias.
Todavía soñando desperté;
reparé que sin Musas, sin náyades y sin pitonisas
Parnaso no sería
y, en cambio, con bellas columnas,
¿era Partenón? Sí.
Conclüí que llegué en un mal momento;
noté un perfume, el templo ardía.
Ardía el blanco mármol;
qué vals atroz, qué vil minué,
ese fuego abrasante
al jónico mármol ahumó,
al blanco Partenón.
Ardía todo en rededor,
la colgante glicinia se quemó,
se quemaron jarales, se quemaron las flores.
Huyendo del incendio corrí, corrí, corrí.
A tierra de creyentes arribé;
igual que el Cid llegó a Madrid,
llegué portando mi estandarte
con mano en alto sin la flor de lis,
en la torre blandiendo fino estoque
portaba yo bellísimo pendón.
Qué singular belleza en donde me hospedase.
¡Qué bellos los ornatos!
Donde habito carísimo ornamento
con luces, con zafiros adornado,
albo y rubro pintado como el faro de Espartel.
No era Parnaso más bien era Edén.
Allá en el alminar con índigos manises,
con áureo tejado y pérsicas alfombras,
con jade de la China
de verde de verde limón,
huelo incienso de mandarina.
¡Ay, con hermosa hurí soñé soñando
entre sus brazos sempiterno, canto
sonoro y persistente, como un colibrí!
En la Yanna, bellísimo Edén,
—donde goza el mumín—,
me aúpo fiel al séptimo nivel.
Allí moraron Adán y Eva;
por la poma mordida desterrados,
cosa que no, no es baladí.
Para mi no existe el miedo, tengo la flor,
el capullito de alhelí.
No tengo tristezas, poseo el tesoro del Olonés.
En mi blanca guayabera pende la cruz de San Andrés.
El humo de mi habano perfuma Oriflame Amber.
Danza la hurí
azafrán de Sierra Nevada aromada de Armaf.
Allí nunca volví,
a la Sierra de Baza, a tan bello jardín.
Al jardín de violetas, de amapolas y rosas
de cimbalarias, velloritas y gladiolos,
yo volví porque antes me fui.
Me fui en pos de un tesoro
que encontré en sus luceros tan hermosos.
En linfa pura cristalina se lava el cabello la hurí,
en las curvas de sus senos aprendí geometría.
De atildada escultura el maná sin saciarme bebía,
nunca quedaba colmado de rica ambrosía,
comía en sus manos el rico maní y de sus caros los labios
con rico caqui me nutría.
¡Ay, con hermosa hurí soñé soñando
entre sus brazos sempiterno, canto
sonoro y persistente como un colibrí!
¡Qué bonita grisácea tarde,
qué hermosura del alma que no arde
en recuerdo que el ánimo abastarde!
La morera frondosa me memora
sin relojes parados a deshora
la niñez arrancándole sus folios
que apilaba en la caja de cartón
escondida en discreta habitación.
Precisaba que hiciera los espolios
regalando al gusano de la seda
el sustento, riquísimo follaje.
Devoraba el glotón la moraleda
perpetuando en capullo su linaje.
Se gestaba, en silencio blanquecino
un olor que recuerdo mortecino.
Expectantes mis ojos escrutaban,
yo pasaba mirando el día entero
el capillo cosido con esmero.
Con el tiempo salían y agitaban
mariposas airadas su destino.
El frío día
viste un ropaje
de melodía
con su desidia.
En su paraje
es cadenciosa,
lenta se mueve,
baila y se agita
en su relieve.
Siempre conmueve
la flor marchita.
Perdió la lozanía,
sucumbió a la escarcha
sin sus pétalos, sin el tallo tierno,
flor ajada en invierno
que clavó la cuchilla fría de archa
con gélida destral y antipatía
la álgida maestría.
Flor renacida en primavera vera
al azul pareciera que se uniera
con su vivo color y galanteo.
Bonita camarera, de porte caballera,
campanilla tan vera con sutil contoneo.
Pétrea flor, farol
frío, su témpano amerita Sol.
Luz y calor verdecerán la vida
y luz será lucida.
Alma aguerrida que luchó bravísima,
que renace ardentísima.
La flor marchita,
la álgida maestría,
campanilla tan vera que renace ardentísima.
Ante la puerta. El humo entre los dedos. Paso de largo. Miro de reojo. "© Joan Francesc Vivancos Gallego, 2010-2026. Todos los derec...