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Busqué el cuchillo afilado
para tajar la lengua
que, solamente,
sabe decir tu nombre.
Igual que la roca,
se permea la grieta de mi boca
donde tu lluvia,
de tu nombre,
me empapa
sin la luna llena.
La gota de la nube
me ensopa;
en agua me sumerge,
traicionera.
Los mares de tu cielo
trajeron la sal que reseca la tormenta,
tormenta que marchita el pensamiento
del alma que te versa,
y, rendida,
sucumbe a tu mágico relámpago,
apagando soles
que te veneran.
Sal de mar,
sal que no se va del paladar,
grietas del alma pura,
me ajan
sin fin visible.
En las venas de la lluvia
se cuela el alma tuya
e impregna
el recuerdo
que aún me inclina hacia ti,
como el cielo a la nube,
como el agua a la lluvia.
Quisiera salir de este invierno
y cortarme la lengua.

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