No tengo fe en ti,
aunque inventes primaveras
y multipliques el pan
con dedos de herida.
No tengo fe en ti
cuando dejo mi voz
contra el muro
y vuelve vacía.
No tengo fe en ti,
aunque camines sobre el agua
y te mires en ella
como si fuera un espejo.
No creo en ti
porque haces del milagro
una costumbre
y del deseo
un gesto que no llega.
No creo en ti,
aunque ardas
con palabras de ley.
No tengo fe
en tu desierto prometido
ni en los oasis
que siempre quedan lejos.
Mi rostro —ya sin salmos—
escupe tinta negra
hacia tus infiernos.
Y aun así,
si una sola vez
arrancaras la maleza
de tu jardín
y no huyeras,
si te quedaras,
entonces,
tal vez,
creería.







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