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Es ingrata la vida marchitada
que a toda flor consume su alegría,
ataja la savia que tenía
y en polvo queda al fin tornada.
Titila ajada, muere con el día,
estrella que en recuerdo va quedando,
repasa en sombra aquella lozanía.
Su tallo verde, ya entregado,
dio la belleza recibida
del Sol, del Cielo y Dios amado.
Qué lúgubre es la noche eterna,
de negro manto está vestida,
sin reproche alguno, serena.

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