Se quebrantó el firmamento:
nadie distingue orillas y riberas
con la sombra escampada
que a toda villa le llega.
Se alejan los vehículos
por las largas carreteras;
con las luces encendidas
huyen de la noche negra.
El runrún se calló de la mar,
de la mar marinera;
solo queda certidumbre
empapada de tristeza.
Entre cuatro paredes,
tras cada puerta,
escondidos bajo las camas,
unos maldicen, otros rezan.
Los hay que enmudecieron
al desaparecer la luna lunera;
sin nanas y cascabeles,
turbados desesperan.
Todo es bruna sábana
con la marcha de Orión, Casiopea y la Flecha.
¿Dónde habrá ido la luna
que siempre estaba dispuesta?
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