No hay leones en la Casa del Jacinto,
no bromean sus pomos con niños alocados en azúcar;
solo hay arena.
Con buenos gestos,
amables sonrisas,
pegajosa humedad
a pie de playa,
con poemario
de poetisa dedicado,
me siento fumando el salitre arrullado
por las olas.
Aguanto a los urbanitas
asilvestrados
por tanto exceso de mar,
de luz
ensayan un sainete familiar:
la pubescente Lolita
pone cara de aburrida;
parece comer limones,
tan rica es su abulía.
O comen la paella indiscretos;
pareciera que no coman
arroz con leche en su vida.
Prefiero la puericia empalagosa
con cola cao,
y cereales más almibarados
que manzanas azucaradas de las Ferias;
así tanto gritan,
son tarzanes
sin pipas ni manises.
Gritos pegan
los fantasmas
que aparecen
de improviso;
siempre van
de dos en dos,
parecen cuñados
sacados de un libro de terror.
Escojo conversar
con camareras,
son mejor que un libro,
más vida enseñan,
son más sinceras;
el sí es sí
el no es no.

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