Como un eterno salón
con cuadros viejos
y con enorme mobiliario,
es el vagón del metro
un extraño lugar,
lo mismo que el recuerdo
de un presente que se fue.
Está la antena puesta,
entran y salen vidas transeúntes,
unos bailan, otros leen.
Alguien escruta el presente,
el futuro y el pasado
dibujando un boceto en la retina.
Los apegados al móvil están
viendo videos de gatos,
sonriendo emoticonos
o a esa piadosa mentira
de la noche del sábado
de amores fugaces.
Hay maletas que viajan;
llegarán a su destino.
Ella toma la mano de su novio,
él, incrédulo,
piensa estar soñando.
Ella se empeña
en ofrecerse,
su novio se retuerce
en timidez.
Estamos encarados a pantallas
de celulares sin polvos de talco.
Están jugando los niños,
de la clase son ellos los más listos.
En Pavones el metro se ha parado
y suena en los auriculares:
<<Lucy in the Sky with diamonds.>>
Es un halo
un viajante
los pasos dando largos.
Los novios ríen
viendo las noticias.
Llegamos a Valdebernardo.
Una sonrisa se comba en unos labios,
con palidez:
un Sol en el cabello se dibuja
en la muchacha vestida de luto;
con brioso garbo en el pasillo,
desfilan marcando firme el paso,
contenta posando.
Este tan espacioso comedor
es una pasarela que aglutina
lo agrio y lo meloso.
Ahora el maquinista le está pisando.

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